Mel Brooks

No sólo un cómico judío.

mel_brooks1Hoy día vive prácticamente retirado, y quienes le recuerdan lo hacen por su faceta de guionista, actor y director de comedias durante buena parte de los años setenta y ochenta. Pero Mel Brooks ha destacado también en otras muchas facetas, desde arriesgado productor hasta doblador en películas de animación.

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“Sillas de montar calientes” (1974).

Hijo de judíos rusos emigrados a la tierra de las oportunidades, Melvin Kaminsky nació en Nueva York un 28 de junio de 1926. Su padre falleció cuando el joven Mel tan sólo tenía doce años, hecho que le marcaría para el resto de su vida. Se alistó muy joven en la Armada debido al estallido de la II Guerra Mundial, y fue allí donde descubrió su vocación de cómico irremediable, parodiando, para regocijo de sus compañeros, los mensajes de propaganda nazi en la radio del ejército.

Terminada la guerra, probó suerte como guionista en Broadway y después en la recién nacida televisión en multitud de shows, series y TV-movies, apareciendo también, de vez en cuando, delante de la cámara como improvisado actor. En esa época contraería matrimonio con su primera esposa, Florence Baum, de quien se separaría en 1961 tras diez años de vida conyugal; y crearía uno de los personajes más icónicos, carismáticos y recordados de la pequeña pantalla: Maxwell Smart, alias Superagente 86 (1965-1970), que, bajo los rasgos de Don Adams, provocaría las carcajadas de los espectadores de medio mundo gracias a esta interpretación de un James Bond algo torpe y atolondrado, en la que no faltaban ni los imposibles gadgets –desde zapatófonos hasta conos del silencio- ni los megalómanos villanos.

Se casaría con la recordada Anne Bancroft en 1964 –una relación que duraría toda la vida, hasta el fallecimiento de la actriz en 2005- ; y en 1967, le llegaría su gran oportunidad como director con Los productores, sátira sobre el mundillo teatral que supuso un gran éxito de crítica y taquilla le aliaría con dos de sus colaboradores más habituales -el actor Gene Wilder y el compositor John Morris- y con la que se vio recompensado con un Oscar al Mejor Guion Original.

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“Spaceballs” (1987).

Convertido en nuevo rey de la comedia americana –con permiso de Woody Allen- , siguió dirigiendo, escribiendo y actuando en multitud de exitosos films durante los años setenta: El misterio de las doce sillas (1970), Sillas de montar calientes (1974), La última locura (1976), Máxima ansiedad (1977)… a veces con resultados irregulares, otras veces, más acertado. Ahora, sin duda su trabajo más reconocido durante esta etapa –y puede que durante toda su carrera- fue un film que decidió no protagonizar: la excelente El jovencito Frankenstein (1974), divertidísima parodia sobre los personajes literarios creados por Mary W. Shelley y que funcionaba a modo de secuela de los clásicos cinematográficos de James Whale.

El inicio de la nueva década supuso un verdadero punto de madurez para Brooks: no dejó de escribir, producir, dirigir y protagonizar comedias como La loca historia del mundo (1981), Soy o no soy –remake del clásico de Ernst Lubitsch Ser o no ser (1942)- o la descacharrante Spaceballs: La loca historia de las galaxias (1987) –en la que daba buena cuenta del universo Star Wars coincidiendo con el décimo aniversario del estreno de La Guerra de las Galaxias (George Lucas, 1977)- , pero también se involucró en proyectos más arriesgados y con resultados brillantes, produciendo –a veces de manera no acreditada, para evitar que el público las tomase por piezas cómicas- los dramas El hombre elefante (David Lynch, 1980) y Frances (Graeme Clifford, 1982), las terroríficas El doctor y los diablos (Freddie Francis, 1985) y La mosca (David Cronenbergh, 1986), la aventura juvenil-futurista Guerreros del sol (Alan Johnson, 1986) o la romántica La carta final (David Jones, 1987).

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Con su hijo -el escritor Max Brooks- y su nieto Henry, recogiendo su estrella.

Sin embargo, durante la década de los noventa comenzaría un declive artístico considerable: ni ¡Qué asco de vida! (1991) ni Las locas, locas aventuras de Robin Hood (1993) supieron conectar con una audiencia que, a las puertas del siglo XXI, buscaba un humor algo más sofisticado que la simple versión bufa del último blockbuster hollywoodiense. Drácula, un muerto muy contento y feliz (1995), pareció condenarle definitivamente al ostracismo… hasta que, a comienzos del nuevo milenio, se dio una curiosa paradoja: David Geffen –productor de éxitos cinematográficos como La tienda de los horrores (Frank Oz, 1986) o Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994) y cofundador de Dreaworks junto con Jeffrey Katzenbergh y Steven Spielberg- le propuso convertir el guion de Los productores en un musical de Broadway que protagonizarían Nathan Lane y Matthew Broderick; estrenada en 2001, su imprevisible éxito fue tal que la obra se mantuvo durante seis años en cartel, fue versionada en los escenarios de medio planeta –a la Gran Vía madrileña llegó en 2006 con José Mota y Santiago Segura- e inspiró una nueva versión cinematográfica (2005).

Desde entonces, vive prácticamente retirado, aunque puntualmente pone voz a personajes de animación tanto en cine –Las aventuras de Peabody y Sherman (Rob Minkoff, 2014)- como en TV. En 2010 colocó su merecida estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

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