Robert Zemeckis: Veterano de espiritu joven

ZEMECKIS750Director, guionista y productor. Dos veces nominado al Oscar, se lo llevó como mejor realizador en 1995. En casi cuatro décadas de carrera nos ha llevado de un nostálgico pasado a ritmo de los Beatles a un futuro que ya no existe, a una isla desierta y más allá del universo conocido. Sesenta y cuatro velas recién sopladas, pero sus películas nos hacen pensar que aún conserva intacto su espíritu aventurero de juventud: él es Robert Lee Zemeckis.

El próximo otoño está previsto el estreno de su nuevo film, ‘Allied’, un film bélico ambientado en la II Guerra Mundial que protagonizarán Brad Pitt, Marion Cotillard y Matthew Goode. A la espera de ver qué resultados (económicos y artísticos) nos ofrece este trabajo, os invito a repasar su filmografía como director en este ranking (completamente subjetivo) que he elaborado para eCartelera.com.

El indómito perfeccionista

Como suele sucederme en mi ajetreada existencia diaria, me he enterado un poco tarde –de no haber sido así, alguna reseña habría hecho en el ‘Licencia para filmar’ de esta semana- de que hoy se cumplían tres lustros del fallecimiento del más indómito y perfeccionista cineasta que ha parido el Séptimo Arte: Stanley Kubrick.

Iconoclasta y purista a la vez, neoyorkino de nacimiento pero británico de adopción, fue cocinero -fotógrafo desde los dieciséis años en la revista Look- antes que fraile. Se ganó, no sin razón, una sobrada fama de frío, duro, manipulador e introvertido: legendarias son ya las historias –verídicas y documentadas- acerca de la rudeza con la que trataba con los actores, sometiéndoles a interminables repeticiones hasta de la escena más simple, así como de la precisión milimétrica con la que controlaba absolutamente todos los aspectos de la producción cinematográfica, desde cualquier nimio detalle del guion hasta la supervisión personal de las adaptaciones y doblajes a otros idiomas. Odiado, temido, admirado… como un genio renacentista, con la edad fue espaciando sus proyectos, dedicándole a cada uno años y años, preparándolos, estudiándolos a conciencia, tejiendo así una breve filmografía de apenas dieciséis títulos –tres cortos documentales y trece largometrajes- en poco menos de medio siglo de carrera. Pero qué filmografía. Exigente y autocrítico, su obsesión por el control era tal que llegó a destruir personalmente todas las copias de su ópera prima, Miedo y deseo (1953), porque no la encontraba suficientemente buena –años más tarde, ya en el siglo XXI, se encontraría una extraviada, que fue la que se restauró y ha llegado a nuestros días- ; y obligó a la Warner a retirar prematuramente La naranja mecánica (1971) de los cines británicos, tras una serie de brutales sucesos protagonizados por bandas juveniles que supuestamente se habían inspirado en las andanzas de los protagonistas del film.

kubrick_fotoRecuerdo estar en Madrid, en un centro comercial, aquel 7 de marzo de 1999, y pasar frente a un quiosco de prensa y tropezar, casi por casualidad, con el escueto titular de un diario que, en una pequeña columna en la primera página, anunciaba la desaparición del director de Lolita (1962) o Barry Lyndon (1975). Recuerdo también permanecer unos segundos en estado de shock, pues apenas unos días antes había leído que su último trabajo, Eyes Wide Shut (1999), ya había sido vista por el –aún unido- matrimonio Tom Cruise-Nicole Kidman, a la sazón protagonistas de la película, y que en breve se estrenaría en todo el mundo.

Y recordé cuando vi por primera vez 2001, una odisea del espacio (1968), una cinta hipnótica, compleja y a la vez fascinante; y cómo El resplandor (1980), que la descubrí siendo aún un crío, me pareció siempre apasionante y aterradora –porque, para mí, no hay nada más terrorífico que el miedo sin lógica ni explicación, ese que vivimos en nuestras peores pesadillas- ; y de cuanto me emocioné el día que descubrí Senderos de gloria (1957), tremendo alegato antibelicista henchido de implícita violencia que remueve conciencias y que hoy día los más obtusos la tacharían de subversiva; y de lo muchísimo que me gustaba –y me gusta- Espartaco (1960), una peli ‘de encargo’ pero que siempre me engancha cada vez que la reponen en TV; y de lo inteligentísima que siempre me pareció La chaqueta metálica (1987), una autopsia en toda regla sobre el sometimiento y la deshumanización de un soldado para convertirlo en la perfecta máquina de matar…

El beso del asesino (1955), Atraco perfecto (1956), ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964)… ya sé que muchos dirán que sus obras no eran perfectas, pero cada película con su firma era una auténtica lección, una clase magistral del arte y oficio de hacer cine. Pocos pueden presumir de una carrera tan rica y variada, tan trufada de momentos irrepetibles. Si todavía hay algún despistado, dos sinceras recomendaciones: la excelente biografía escrita por John Baxter -publicada en España por T&B Editores- y el documental Stanley Kubrick: Una vida en imágenes (Jan Harlan, 2001).

Nos dejó demasiado pronto, con apenas setenta años, y muchos proyectos en el tintero: abandonó su drama sobre el Holocausto, The Arian Papers, cuando supo que Steven Spielberg tenía entre manos La lista de Schindler (1993); estudió durante años el original literario de Brian Aldiss que se convertiría en A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001); pero, sobre todo, su proyecto quijotesco fue su retrato megalómano e imposible acerca de Napoleón Bonaparte, y del que sólo quedan cientos de apuntes, notas y libros apiladas en un almacén -como pudimos ver en el excelente documental Stanley Kubrick’s Boxes (Jon Ronson, 2008). Incluso su figura ha sido objeto, ya después de su fallecimiento, de no pocas controversias: fue protagonista involuntario de aquel mockumentary titulado Operación luna (William Karel, 2002), en el que se jugueteabakubrick-barrylyndon-1975 con la idea de que la misión Apolo XI no había sido sino una farsa, una estrategia orquestada por el gobierno de los EE.UU. en su carrera propagandística durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética…

Ya han pasado quince años, pero sus películas resisten con estoicidad el paso del tiempo. Como el David de Miguel Ángel. Como los frescos de la Capilla Sixtina. Si existe el Paraíso ya puede ser perfecto; si no, seguro que Stanley Kubrick le habrá hecho repetir la toma varias veces al mismísimo Dios.

El legado de River

rp1Recuerdo perfectamente cómo conocí la noticia y lo perplejo que me dejó. Acababa de encender la televisión –no recuerdo en qué canal- : emitían unas colas –en jerga profesional- acompañadas de una melancólica música con fragmentos de algunas películas más o menos recientes y, a la vuelta a plató, una presentadora de informativos que sentenciaba: “Con la desaparición de un viejo maestro y de una joven estrella nos despedimos hoy”. El shock fue instantáneo. ¿Esas palabras de verdad hacían referencia a las imágenes que acababa de ver fugazmente? ¿O era yo el que había entendido lo que no era?

A los pocos minutos todo se confirmó. El ‘viejo maestro’, Federico Fellini, nos dejaba con setenta y tres años y un buen puñado de obras maestras a sus espaldas. Le habíamos visto apenas unos meses antes, bastante mermado, cuando recogió un Oscar honorífico de manos de Sophia Loren; una pérdida que, aunque esperada, no por ello deja de ser triste. Sin embargo, debo decirlo, muchísimo más me conmocionó saber que la ‘joven estrella’ que compartían esas películas cuyos fragmentos habían emitido en el telediario era River Phoenix. Con apenas veintitrés años, las drogas lo habían fulminado a las puertas de un local de Sunset Strip (Hollywood, California) propiedad de su amigo Johnny Depp. Algunos amigos y familiares –entre ellos su hermano Joaquin- habían sido testigos impotentes del fallecimiento; ni ellos ni los paramédicos lograron hacer nada por salvarle la vida.

Para muchos, River, con su mirada desafiante y su aspecto adolescente era el relevo natural de James Dean –muerto también, décadas atrás, en trágicas e inesperadas circunstancias- ; para otros, fue el héroe trágico, urbano y filogay de Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991), la película por la que ganó una Copa Volpi al Mejor Actor en Venecia. Para mí, siempre fue y será aquel niño regordete y con gafas de Exploradores (Joe Dante, 1985), esa aventura imposible en la que tres imberbes construían una nave espacial con un montón de chatarra y un destartalado Atari; o ese preadolescente de mirada intensa e infancia turbada que se adueñaba de cada plano de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986); o ese hijo atrapado en una familia atípica y disfuncional, dando réplica a sus padres Harrison Ford y Hellen Mirren en La Costa de los Mosquitos (Peter Weir, 1986); pero sobre todo, fue el rostro vivaracho y juvenil del más grande héroe arqueólogo de todos los tiempos –el propio Ford sugirió su nombre a Spielberg y Lucas- en el prólogo de Indiana Jones y la Última Cruzada (Steven Spielberg, 1989).

Espías sin identidad (Richard Benjamin, 1988), Un lugar en ninguna parte (Sidney Lumet, 1988) –nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto incluida- , Te amaré hasta que te mate (Lawrence Kasdan, 1990), La última apuesta (Nancy Savoca, 1991), Los fisgones (Phil Alden Robinson, 1991), Esa cosa llamada amor (Peter Bogdanovich, 1993)… apenas un puñado de títulos en poco más de un lustro hasta aquella fatídica noche de Halloween del 93. Yo no soy de los que idolatran estrellas de la pantalla, pero hoy he vuelto a revivir aquellos momentos de atónita, triste y profunda conmoción ante una noticia que, en verdad, no podía creerme. Una sensación que las generaciones anteriores ya habrían vivido con las muertes del propio James Dean, Marilyn Monroe, Natalie Wood, Bruce Lee o Kurt Cobain, y las posteriores, más cercanamente, con Heath Ledger, Michael Jackson, Whitney Houston o Amy Winehouse. A mí, supongo que por proximidad en la edad, me marcó la desaparición de River.

rp2Aún hay quien hoy todavía le juzga por una actitud hipócrita y nada ejemplar, vendiendo de cara a la galería una imagen de chico sano y vegetariano mientras en realidad se drogaba en las discotecas. Otros sin embargo, defienden diferentes teorías en cuanto a sobredosis accidentales –que se metió ‘otra cosa’ o que confundió su copa con la de otro, mucho más cargada– . Yo no quiero entrar en eso. Si con su prematura y turbia muerte River Phoenix nos dejó un legado, quizá debiéramos aprender la lección, restituirle en el lugar que como artista se merece y recuperar algunos de sus magníficos trabajos en la gran pantalla. Talento y carisma le sobraba a raudales.

¿Qué pasó con… Barret Oliver?

barret_oliverNo son pocos los casos de niños actores que triunfan a muy tierna edad en Hollywood para luego llevar trayectorias de lo más dispares… sin embargo, no es habitual que tras protagonizar un buen puñado de títulos, se abandone por completo la carrera de actor cuando apenas se ha superado la pubertad. Tal es el caso de Barret Oliver[leer más]