50 años de ‘2001’, una odisea 100% Kubrick

Hace exactamente 50 años, el 2 de abril de 1968, se preestrenaba en Estados Unidos una de las indiscutibles obras maestras de la ciencia-ficción, ‘2001. Una odisea del espacio’, dirigida por el singular e inconformista Stanley Kubrick. La cinta revolucionó al Séptimo Arte y aún hoy es objeto de estudio por amantes del género y cinéfilos de todo el mundo.

El guión se basaba en el relato corto ‘El Centinela’, escrito por Arthur C. Clarke, donde se intentaba dar una explicación más científica que metafísica al origen del ser humano.

Es difícil resumir el argumento de una película tan compleja y enigmática como ‘2001’. Nos limitaremos a citar las tres claves principales de la historia: la primera de ellas es un misterioso monolito perfectamente rectangular de origen desconocido que podría estar relacionado con la aparición de la vida inteligente en nuestro planeta.

La segunda de estas claves es el planeta Júpiter, millones de años más tarde, cuando un grupo de científicos, a comienzos del siglo XXI, descubre otros dos monolitos: uno bajo la superficie de la Luna, y otro, de excepcionales dimensiones, en órbita al quinto planeta del Sistema Solar.

Por último nos queda hablar de HAL-9000, el ordenador de la nave espacial Discovery que lleva a un reducido grupo de astronautas en misión de investigación a Júpiter. Es, sin duda, el gran protagonista del acto central de la película, y catarsis de todos los acontecimientos que se suceden a bordo.

Entre otras cosas, ‘2001’ es recordada por poseer la mayor elipsis de la Historia del Cine, pasando del plano del hueso lanzado por el primate en los albores de la Humanidad al vuelo de la nave espacial millones de años después. Otros detalles, como la ausencia de sonido en el espacio y el rigor con el que se escribió el guión, respetando todas las leyes de la física, dan cuenta del perfeccionismo científico del que hizo gala Stanley Kubrick, que fue a su vez un visionario, ya que, recordemos, esta película se rodó un año antes de que el hombre pisara la Luna.

Sin embargo, hay elementos que escapan a nuestra comprensión racional. El tercer acto y conclusión de la película, completamente surrealistas, han sembrado toda clase de interpretaciones y segundas lecturas. Hay quien ve en el viaje al interior del monolito de Júpiter la entrada a una nueva dimensión, con el consiguiente salto evolutivo para la Humanidad. Por el contrario, lejos de la explicación extraterrestre, hay quienes sostienen que el monolito es una simbolización de Dios, extremo éste que siempre negó el autor de la novela. Y también los hay más rebuscados aún, capaces de sistener que el mensaje final de la cinta va más allá de nuestra comprensión racional porque aún no hemos alcanzado la perfección a la que, se supone, algún día llegaremos los humanos.

El film tuvo una secuela en 1984, ‘2010. Odisea Dos’, de nuevo a partir de un texto de Clarke donde, nueve años después, un segundo grupo de científicos, americanos y rusos, comparten misión para descubrir qué ocurrió a bordo del Discovery. El autor escribiría dos novelas más de esta saga que, a día de hoy, no se han visto reflejadas en la gran pantalla, ‘2061. Odisea Tres’ y ‘3001. Odisea Final’.

Ésta es una de esas películas extrañas y complicadas en la que Kubrick apostó por un final abierto a la interpretación de cada uno. Lejos de las diferentes hipótesis y teorías, a ‘2001. Una odisea del espacio’ sólo le ensombrece su anacrónico título, pero por lo demás sigue siendo una fascinante e hipnótica cinta que nos traslada a un escalafón filosófico más allá de las simples imágenes a veinticuatro fotogramas por segundo.

* Este reportaje original fue escrito, locutado y montado para el programa radiofónico “Esto es espectáculo” de Cope Guadalajara emitido el 08/04/2008, y he preferido mantenerlo prácticamente íntegro (salvo un par de datos actualizados) para esta entrada web.

#GuadalajaraDeCine, provincia de película

Hace unos meses, Bob Yareham, de la asociación sin ánimo de lucro España de Cine -y autor del libro ‘Movies Made in Spain’- se puso en contacto conmigo para darme a conocer unas jornadas que iban a llevar a cabo en el Parador Nacional de Sigüenza donde se debatirían ideas, propuestas y posibles proyectos para lanzar Guadalajara como una provincia con un potencial enorme como destino turístico, cultural y cinematográfico. Lo que son las cosas, lo que empezó como una amable invitación para asistir como un espectador anónimo, al poco tiempo se convirtió en un ofrecimiento para participar activamente como uno de los ponentes de la convocatoria. Y a mí, que me va la marcha -ya lo sabéis- , me fue imposible decir que no.

Tras varias semanas buceando en internet y otras fuentes, me preparé no poco material audiovisual con el que poder hacer un recorrido cronológico, aunque fuese de puntillas, lo suficientemente interesante como para no aburrir al personal -me tocaba dar la primera conferencia, nada menos que a las soporíferas cuatro de la tarde- : y así, empezando por Marlon Brando vestido de Torquemada en ‘Cristóbal Colón: El descubrimiento’ (John Glen, 1992), que era lo que el escenario me pedía, ilustré mi charla con decenas de fotos, carteles, secuencias y algún qué otro making of con el que comentar algunos de los cientos de rodajes que desde hace casi un siglo ha albergado algún punto, por remoto que sea, de la provincia de Guadalajara: desde ‘Agustina de Aragón’ (Florián Rey, 1928), en la misma Sigüenza, hasta el más reciente ‘Juego de Tronos’ (TV, 2016) en el Castillo de Zafra (Campillo de Dueñas), pasando por ‘Espartaco’ (Stanley Kubrick, 1960) en Iriépal y Taracena; ‘La tía Tula’ (Miguel Picazo, 1966) y ‘Una historia inmortal’ (Orson Welles, 1968) en Brihuega; o las múltiples filmaciones que han tenido como escenario principal la cárcel de Guadalajara o el Fuerte de San Francisco, ambos en la capital alcarreña.

El resto de ponencias fueron impartidas por Carlos M. Montero, director de Naturalvia, que habló de las sinergias que habría que estudiar y potenciar turísticamente entre los diferentes sectores con el cine como catalizador; el ya nombrado Bob Yareham, que nos mostró los aciertos, errores y olvidos que se producen en distintos lugares de toda España a la hora de mostrar y explotar los escenarios naturales de cine; Isidro Tenorio, de Tourisfilm, desgranó las simbiosis entre la hostelería y el Séptimo Arte, poniendo el foco en los hoteles de cine, los hoteles con cine y los hoteles tematizados de cine; cerró la velada Sergio García, de la Asociación Cultural Sad Hill, una entidad que trabaja por la recuperación y la reivindicación de los escenarios naturales de la película ‘El bueno, el feo y el malo’ (Sergio Leone, 1966) rodados en la provincia de Burgos, como ejemplo de labor cultural y de difusión desde el asociacionismo.

Todas las fotos de la jornada (C) MausbaFoto.com

Particularmente, disfruté como un enano de toda la jornada. Quizá eché de menos haber compartido más tiempo de tertulia con mis compañeros tras las ponencias -prácticamente todos nos veíamos obligados a coger carretera de regreso hacia diferentes destinos- , aunque ya antes habíamos compartido una estupenda sobremesa; y también me faltó más apoyo y presencia tanto de instituciones como de posible público. Pero quizá este haya sido un pequeño y modesto paso hacia un objetivo más ambicioso, lejano pero no inalcanzable, para poco a poco ir logrando que Guadalajara, al igual que ya se viene haciendo desde hace unos años en Asturias o Almería, empiece a estudiar seriamente las infinitas posibilidades que tiene como destino turístico de cine pero también como escenario natural inmejorable para las grabaciones de series y películas, más allá de las puntuales y efímeras ocurrencias de algunos políticos que, como se dijo, lanzan el cohete sin un proyecto riguroso a medio y largo plazo detrás y sin contar con los profesionales autóctonos.

[Leer más en este artículo en ElDiarioCLM.es]

[Escuchar entrevista con Jaume Palau en EsRadio Guadalajara]

Ni ‘Cinecittá’ ni Ciudad de la Luz

Una vez más, he tenido el honor de poder colaborar con los compañeros de Cultura En Guada, medio digital de referencia que ya se ha convertido en imprescindible en Guadalajara y que, cada cierto tiempo, lanza una edición especial en papel.

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Rodaje de “El patio de mi cárcel” en la prisión provincial de Guadalajara / Foto (C) 2009 Isra Calzado López

En este sexto número -en el que comparto páginas con verdaderos periodistas de raza de la provincia así como con otros ilustres colaboradores- dedico unas breves líneas a la ciudad y la provincia como demandados y valorados escenarios cinematográficos: y es que, si no es raro ver -sobre todo en la pequeña pantalla- el Fuerte de San Francisco como ciudad de la posguerra –El tiempo entre costuras; Hermanos– , aún hay quienes recuerdan el paso de Stanley Kubrick y Kirk Douglas por Iriépal –Espartaco (1960)-, a Marlon Brando por Sigüenza –Cristóbal Colón, el descubrimiento (John Glen, 1992)- o, más recientemente, a Adrien Brody y Penélope Cruz en Matarrubia, en ese film maldito que fue Manolete (Menno Meyjes, 2008).

Os recomiendo que no os quedéis sin vuestro ejemplar. También lo tenéis disponible en formato PDF -mi répor, por cierto, lo encontraréis en las páginas 12-13- .

El indómito perfeccionista

Como suele sucederme en mi ajetreada existencia diaria, me he enterado un poco tarde –de no haber sido así, alguna reseña habría hecho en el ‘Licencia para filmar’ de esta semana- de que hoy se cumplían tres lustros del fallecimiento del más indómito y perfeccionista cineasta que ha parido el Séptimo Arte: Stanley Kubrick.

Iconoclasta y purista a la vez, neoyorkino de nacimiento pero británico de adopción, fue cocinero -fotógrafo desde los dieciséis años en la revista Look- antes que fraile. Se ganó, no sin razón, una sobrada fama de frío, duro, manipulador e introvertido: legendarias son ya las historias –verídicas y documentadas- acerca de la rudeza con la que trataba con los actores, sometiéndoles a interminables repeticiones hasta de la escena más simple, así como de la precisión milimétrica con la que controlaba absolutamente todos los aspectos de la producción cinematográfica, desde cualquier nimio detalle del guion hasta la supervisión personal de las adaptaciones y doblajes a otros idiomas. Odiado, temido, admirado… como un genio renacentista, con la edad fue espaciando sus proyectos, dedicándole a cada uno años y años, preparándolos, estudiándolos a conciencia, tejiendo así una breve filmografía de apenas dieciséis títulos –tres cortos documentales y trece largometrajes- en poco menos de medio siglo de carrera. Pero qué filmografía. Exigente y autocrítico, su obsesión por el control era tal que llegó a destruir personalmente todas las copias de su ópera prima, Miedo y deseo (1953), porque no la encontraba suficientemente buena –años más tarde, ya en el siglo XXI, se encontraría una extraviada, que fue la que se restauró y ha llegado a nuestros días- ; y obligó a la Warner a retirar prematuramente La naranja mecánica (1971) de los cines británicos, tras una serie de brutales sucesos protagonizados por bandas juveniles que supuestamente se habían inspirado en las andanzas de los protagonistas del film.

kubrick_fotoRecuerdo estar en Madrid, en un centro comercial, aquel 7 de marzo de 1999, y pasar frente a un quiosco de prensa y tropezar, casi por casualidad, con el escueto titular de un diario que, en una pequeña columna en la primera página, anunciaba la desaparición del director de Lolita (1962) o Barry Lyndon (1975). Recuerdo también permanecer unos segundos en estado de shock, pues apenas unos días antes había leído que su último trabajo, Eyes Wide Shut (1999), ya había sido vista por el –aún unido- matrimonio Tom Cruise-Nicole Kidman, a la sazón protagonistas de la película, y que en breve se estrenaría en todo el mundo.

Y recordé cuando vi por primera vez 2001, una odisea del espacio (1968), una cinta hipnótica, compleja y a la vez fascinante; y cómo El resplandor (1980), que la descubrí siendo aún un crío, me pareció siempre apasionante y aterradora –porque, para mí, no hay nada más terrorífico que el miedo sin lógica ni explicación, ese que vivimos en nuestras peores pesadillas- ; y de cuanto me emocioné el día que descubrí Senderos de gloria (1957), tremendo alegato antibelicista henchido de implícita violencia que remueve conciencias y que hoy día los más obtusos la tacharían de subversiva; y de lo muchísimo que me gustaba –y me gusta- Espartaco (1960), una peli ‘de encargo’ pero que siempre me engancha cada vez que la reponen en TV; y de lo inteligentísima que siempre me pareció La chaqueta metálica (1987), una autopsia en toda regla sobre el sometimiento y la deshumanización de un soldado para convertirlo en la perfecta máquina de matar…

El beso del asesino (1955), Atraco perfecto (1956), ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964)… ya sé que muchos dirán que sus obras no eran perfectas, pero cada película con su firma era una auténtica lección, una clase magistral del arte y oficio de hacer cine. Pocos pueden presumir de una carrera tan rica y variada, tan trufada de momentos irrepetibles. Si todavía hay algún despistado, dos sinceras recomendaciones: la excelente biografía escrita por John Baxter -publicada en España por T&B Editores- y el documental Stanley Kubrick: Una vida en imágenes (Jan Harlan, 2001).

Nos dejó demasiado pronto, con apenas setenta años, y muchos proyectos en el tintero: abandonó su drama sobre el Holocausto, The Arian Papers, cuando supo que Steven Spielberg tenía entre manos La lista de Schindler (1993); estudió durante años el original literario de Brian Aldiss que se convertiría en A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001); pero, sobre todo, su proyecto quijotesco fue su retrato megalómano e imposible acerca de Napoleón Bonaparte, y del que sólo quedan cientos de apuntes, notas y libros apiladas en un almacén -como pudimos ver en el excelente documental Stanley Kubrick’s Boxes (Jon Ronson, 2008). Incluso su figura ha sido objeto, ya después de su fallecimiento, de no pocas controversias: fue protagonista involuntario de aquel mockumentary titulado Operación luna (William Karel, 2002), en el que se jugueteabakubrick-barrylyndon-1975 con la idea de que la misión Apolo XI no había sido sino una farsa, una estrategia orquestada por el gobierno de los EE.UU. en su carrera propagandística durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética…

Ya han pasado quince años, pero sus películas resisten con estoicidad el paso del tiempo. Como el David de Miguel Ángel. Como los frescos de la Capilla Sixtina. Si existe el Paraíso ya puede ser perfecto; si no, seguro que Stanley Kubrick le habrá hecho repetir la toma varias veces al mismísimo Dios.