Cinco días sin Nora

Con la Iglesia hemos topado.

Hay veces en que la cartelera esconde pequeñas joyitas fílmicas, obras que probable –e injustamente- pasan desapercibidas para el gran público, cintas pequeñas, austeras de presupuesto, pero que, como las buenas fragancias, contienen grandes dosis de buen cine, de ese que se hace con pocos medios pero mucho talento y, sobre todo, toneladas de ilusión; ésa es la sensación que desprende Cinco días sin Nora, ópera prima de Mariana Chemillo y que llega a nuestras salas casi con cuatro años de (inexplicable) retraso, tras haberse visto ya en medio mundo y con ocho premios Ariel del cine mexicano, incluido Mejor Película, debajo del brazo.

José (Fernando Luján) encuentra a su exesposa muerta en la cama, tras haber ingerido una gran cantidad de somníferos. Aunque llevaban casi veinte años separados y apenas hablarse durante ese tiempo, decide llamar a su hijo y a su médico, para que certifique el fallecimiento y poder así darle sepultura. Pero durante las horas siguientes, José irá descubriendo un plan maestro de la anciana para, aún después de muerta, seguir manipulando y organizando a cuantos pasan a su alrededor, mientras ciertos ecos del pasado comienzan a aflorar…

Cinco días sin Nora es una muy agradable y entrañable tragicomedia negra, con ciertos aires teatrales –casi toda la historia se desarrolla en el apartamento de la mujer- pero que no por ello merman todo el potencial cinematográfico que lleva dentro: los actores están sublimes –impagable Luján- , el ritmo narrativo es el adecuado –apenas noventa minutos de metraje, lo justo y necesario para este film- , la labor técnica/artística es inmejorable –sobresaliente la preciosa banda sonora de Darío González Valderrama– y el guión, escrito por la propia directora, es un perfecto entramado de sentimientos, empatías y feroz crítica a los estatus sociales, familiares, económicos y, sobre todo, religiosos –en esta ocasión es la tradición judía la que está en el punto de mira de la sátira- .

El film, como digo, ni es una gran obra maestra –tampoco pretende serlo- ni probablemente se cuele entre los diez títulos más votados por los espectadores al final del año; pero es más que agradable poder aún descubrir estos pequeños diamantes en bruto que tratan de hacerse un huequito en las carteleras, y que al menos, aunque sea fugazmente, sí lo logran en los que tenemos la suerte de descubrirlos.

Recomendado para espectadores con olfato.

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