Trance

Desafinado rompecabezas.

Danny Boyle es uno de esos directores del que uno no sabe muy bien qué esperar: Tumba abierta (1994), Trainspotting (1996), Una historia diferente (1997), La playa (2000), 28 días después… (2002), Millones (2004), Sunshine (2007), Slumdog Millonaire (2008) y 127 horas (2010) son tan irregulares como diferentes entre sí, y aunque a veces ha logrado ganarse el favor de crítica y público, lo cierto es que en pocas ocasiones ha conseguido parir una obra completamente redonda –para quien esto escribe, su segunda película es su trabajo más acertado hasta la fecha… si obviamos la ceremonia de inauguración de los JJOO de Londres 2012- .

Trance sigue en su línea habitual de “sí, pero no”. Lo que arranca como una muy sugerente propuesta de atracadores de guante blanco pronto se convierte en un extraño y alucinógeno psicothriller con engaños, mentiras y sesiones de hipnosis de por medio. Una idea estimulante… si no fuera porque Boyle, con un insólito exceso y abuso de trampas, vericuetos flashbacks y flashforwards, difícilmente logra mantener vivo el interés del espectador, que ha de asistir entre atónito y perdido a lo que sucede en pantalla durante más de ochenta minutos para, en un fulgurante twist final tan plausible como embrollado, sacarse un conejo de la chistera que a más de uno puede dejar descontento, o al menos, petrificado, entre el asombro y la indignación.

tranceA diferencia de otras películas que podrían aproximarse, aunque fuese lejanamente, a lo que Boyle propone –desde la imprescindible Recuerda (Alfred Hitchcock, 1945) hasta la magnífica Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), pasando por el inconfundible estilo noir de Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995)-  , da la impresión de que Trance parte de un final sorpresa a lo Shyamalan y que, a su alrededor, se ha ido construyendo esta muñeca rusa demasiado confusa, trufada de espejismos y elementos engañosos que no siempre funcionan –cualquiera puede intuir, desde el primer minuto, que el único personaje femenino de la función esconde más de lo que aparenta- .

Un claro y reconocible macguffin –un Goya al que todo el mundo quiere echar mano- , su atractiva planificación visual –sobre todo desde el punto de vista cromático- un par de buenos golpes de efecto -¿qué se esconde en maletero?- y el buen hacer de Rosario Dawson –sin duda lo mejor del triángulo que forma con James McAvoy y Vincent Cassel– no son pilares suficientes para sostener un relato demasiado ambicioso tanto en el fondo como en las formas. Entretiene… pero deja un engañoso sabor de boca.

Recomendado para incondicionales de las tramas no lineales.

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