El Caballero del Dragón

Dragones y marcianos.

Cuando era un crío, me apasionaban todas aquéllas películas que algo tenían que ver con el espacio: los viajes a través del cosmos, las aventuras por diversos mundos o la gran variedad de criaturas –humanoides, por supuesto- que podrían habitarlos alimentaron mi particular y aún virgen imaginario de ciencia-ficción que había mamado la inmortal saga galáctica de George Lucas –El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) es el primer recuerdo cinéfilo que tengo- y que se pirró por este tipo de producciones, no siempre del todo dignas, que solían llegarme en formato doméstico.

De entre todos los países que se subieron con no demasiada fortuna al carro de la moda de La Guerra de las Galaxias, tenía el vago recuerdo de una extraña producción española de enigmático título: El Caballero del Dragón. Cuán grande ha sido mi sorpresa al encontrar esta rareza ibérica en formato DVD de la que no guardaba muy buenas sensaciones…

Fernando Colomo, hoy conocido y reconocido director y productor, debió de estar muy borracho o muy colocado cuando, al mando de un reparto internacional nada desdeñable –encabezado por Klaus Kinski, un actor por entonces muy en boga; Harvey Keitel, todo un habitual de Scorsese; y Fernando Rey, sólido intérprete de reputada carrera tanto en Europa como en Hollywood- y con el incomparable marco del gerundense Castillo de Requesens como telón de fondo, filmó este extraño, torpe, aburrido, infantil e incomprensible crossover entre la Serie B de marcianitos y la leyenda de San Jorge, nada menos. Claro que ahora le podríamos aplaudir como visionario: ahí está el reciente experimento americano de Cowboys & Aliens (Jon Favreau, 2011).

Miguel Bosé en ‘El Caballero del Dragón’

No, en serio. ¿De quién fue la idea de que un alien llegara a La Tierra en plena Edad Media? ¿Y de que éste tuviera los rasgos de Miguel Bosé –con un look pretendidamente andrógino a lo David Bowie- y se comunicara a través de pitiditos, cual R2-D2? Para que luego digan que a Schwarzenegger le daban pocos diálogos… ¿Y a qué viene toda esa introducción alrededor de la alquimia y los alquimistas, si luego es un tema que no se trata durante toda la película? ¿Por qué la dama –una sosísima María Lamor– se enamora perdidamente de tan extraño personaje si no hay contacto físico –ni de ningún tipo- entre ellos durante el primer rapto? ¿O sí lo hubo y los mojigatos productores nos impidieron verlo? ¿Qué pinta Klaus Kinski en toda la película si no es para hacer de rabiar al eclesiástico Fernando Rey y dedicarle misteriosas sonrisillas inquietantes/seductoras al visitante? –sobre este aspecto, recomiendo fervientemente leer el análisis que Jaime Noguera hace en su blog- . Y, por último, ¿por qué durante toda la película estuve recordando/añorando a la mucho más divertida producción de Disney Un astronauta en la corte del rey Arturo (Russ Mayberry, 1980)?

En definitiva, da la impresión de que todo fue una broma de mal gusto. Porque una vez revisada la cinta, no hay por donde sostenerla: las reacciones de los personajes son de mala comedia, los efectos especiales de saldo, el ritmo narrativo es torpe y anodino y al guión no es que le falte un hervor, sino lo siguiente. Una pena que, a partir de uno de los más horrendos y fallidos libretos que recuerdo, se quiera levantar una supuesta superproducción fantástica de aventuras que lo único que hace es echar a perder el talento de los que estaban tanto delante como detrás de la cámara…

Quizá haya sido excesivamente duro con esta película. Es posible. Pero es que cuando uno se encuentra con tamaña desfachatez, pretenciosa y pedante –por salvar, voy a rescatar de la quema la labor del director de arte: el traje del hombre del espacio y los interiores de la nave visitante no están del todo mal- , y encima realizada bajo bandera patria, uno pierde un poco la fe y los argumentos a la hora de defender el, en la mayoría de ocasiones, injustamente denostado cine español… en fin, prefiero pasar página rápidamente y que El Caballero del Dragón quede para la posteridad, simple y llanamente, como un experimento fallido, una rara avis en nuestra cinematografía cuyos resultados técnicos y artísticos, lamentables, esperamos no se vuelvan a repetir.

Recomendado para degustadores de rarezas inclasificables.

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