Apollo 18

Hay un Gallego en la luna.

Hablando en su día acerca de Luces Rojas (Rodrigo Cortés, 2012) y de esa hornada de nuevos talentos cinematográficos patrios que parecen tener que buscarse las habichuelas allende nuestras fronteras, me dejé en el tintero otro nombre propio: el de Gonzalo López-Gallego, firmante, entre otras, de la interesante pero a la vez fallida El rey de la montaña (2007), quien ha cruzado el gran charco para llevar a cabo esta nueva propuesta que es, a la vez, tan estimulante como repetitiva y cansina.

Años setenta: aunque oficialmente el programa Apolo ha sido cancelado, desde la NASA se pone todo a punto para realizar una nueva misión de carácter ultrasecreto en la Luna. Pero, misteriosamente, los tres cosmonautas desaparecerán en extrañas circunstancias, pero que en la actualidad podemos dilucidar gracias a una ingente cantidad de material de archivo audiovisual que se ha recuperado recientemente, y que constata la posibilidad de que en nuestro satélite haya algo más que rocas y polvo…

El planteamiento ya de por sí es algo trillado, y la realización es un nuevo giro de tuerca -¡otro más!- a esa incansable moda de la aparente autenticidad de lo que se nos está mostrando, un estilo inaugurado con cierta gracia por El misterio de la bruja de Blair (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez, 1999) y que ya se ha explotado hasta la saciedad en multitud de películas –que no volveré a enumerar- durante los últimos dos lustros.

¿La verdad está ahí fuera…?

Apollo 18 no se sale ni un ápice de esa línea trazada una y mil veces, y, salvo por la novedad del escenario elegido y algún que otro golpe de efecto –el insólito descubrimiento de una nave soviética- , la cinta aporta poco o nada a este cansino subgénero de terror, que, además, bebe claramente de otras fuentes fácilmente reconocibles en la ciencia-ficción de los últimos cincuenta años, desde 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) hasta Moon (Duncan Jones, 2009), pasando por Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Añadamos a todo esto, además, que el clímax final se cae merced a unos fallos de bulto que cualquier chaval en primero de audiovisuales pillaría a la primera -¡atención, spoiler!: ¿cómo es posible que en el módulo lunar ruso haya diferentes encuadres si el único superviviente sólo lleva una cámara? ¿cómo se ha podido recuperar posteriormente este supuesto material de archivo si tanto las cámaras como las cintas quedaron destruidas en órbita?- .

Por decir algo positivo, destaquemos la naturalidad que aportan los tres desconocidos protagonistas –en verdad te parece estar viendo testimonios de cosmonautas del pasado siglo- así como que López-Gallego ha sabido conjugar las imágenes entrecortadas, sucias y con ruido, así como las interferencias, el sonido radiofónico y el fuera de campo –amén de los diferentes formatos de la época: 8mm., 16mm., señal de TV, etc.- como herramientas narrativas de lo más efectivas, pero, como digo, al servicio de una historia –o mejor dicho, de cómo contar una historia- que a quien esto escribe ya no le produce el más mínimo interés por simple y puro agotamiento.

Recomendado para incondicionales del suspense en primera persona.

sensacineguaridadekovack

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