Mommy

De las que te dejan tocado.

Acudí a ver Mommy (Xavier Dolan, 2014) al Cineclub Alcarreño sin demasiadas referencias ni expectativas, desconociendo la temática, la forma y el lenguaje de esta película, así como la trayectoria de su director, y con tan sólo un par de leves datos sobre el argumento, que me situaría en un futuro cercano en una Canadá algo distópica. Luego, finalizados los ciento treinta y nueve minutos de proyección, me quedé clavado en la butaca: me había encontrado ante una de esas propuestas que te dejan tocado. Muy tocado.

Choca, de entrada, esa filmación en vertical, como graban ahora los chavales con los móviles y que nos duele en los ojos a los más clasistas. Pero no penséis que el film está rodado con textura de smartphone ni con filtros de Instagram, no es found-footage: cada plano, cada movimiento de cámara están perfectamente estudiados y milimetrados, y, cuando llevéis alrededor de una hora de proyección, descubriréis el porqué –si vuestro subconsciente no lo ha hecho antes- de tan peculiar y claustrofóbico formato. Así que, de entrada, que nadie se asuste: a la proyección no le pasa absolutamente nada.

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Un momento de liberación… para personajes y espectadores.

Sacude en el espectador esa posibilidad (real) que plantea el film en su prefacio: una ley en la que los padres podrán internar indefinidamente a los hijos conflictivos, quedando éstos bajo la custodia del Estado. Lo horrible no es esa premisa, sino que, en esta desquiciada sociedad actual –como la que retrataba, más salvajemente, la irlandesa Calvary (John Michael McDonagh, 2014)- , la aceptemos sin darnos cuenta como algo tolerable, lógico y normal en un mundo en el que el recorte de libertades y derechos civiles se han convertido en algo cotidiano, y donde no importa si un individuo está enfermo o necesita ayuda: si la sociedad determina que es ‘peligroso’, se le encierra bajo llave y punto.

Sorprende descubrir que el artífice de esta pequeña obra de arte con escaso recorrido comercial esté firmada por un realizador que con tan sólo veinticinco años de edad ya tenía otros cuatro títulos en su currículum que habrá que localizar más pronto que tarde –Yo maté a mi madre (2009); Los amores imaginarios (2010); Lawrence Anyways (2012); y Tom à la ferme (2013)- y que demuestra un talento desbordante, una narrativa prodigiosa y una personalidad inquieta, capaz de atraparnos no sólo con ese juego de recursos lingüísticos y audiovisuales –la música, las imágenes a cámara lenta y las ensoñaciones de los personajes son empleados con indudable estilo- , sino también a través de un guion ágil y nada complaciente que se apoya en un sublime trío de actores poco o nada conocidos por estas latitudes –Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément y una Anne Dorval con un look que recuerda poderosamente a Annette Bening- . En definitiva: una joya incuestionable, aunque quizá no apta para todos los paladares.

Recomendado para espectadores de mente abierta.

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