Oblivion

Enfréntate al futuro.

Es curioso que en apenas unos pocos meses de diferencia se hayan estrenado tres películas cortadas por un patrón similar: Oblivion, After Earth y Elysium. Los films de Shyamalan y Blomkamp los dejamos para otra ocasión, así que hoy vamos a centrarnos en el futuro postapocalíptico según Joseph Kosinski, responsable no sólo de la dirección de la película sino también de la novela gráfica en la que se basa el guion.

La Tierra, año 2077. Tras una cruenta guerra a escala mundial frente a invasores extraterrestres, el equipo formado por Jack (Tom Cruise) y Vika (Andrea Riseborough) se encarga de supervisar la extracción de todo el agua del planeta, que será enviada a Titán, destino de humanos supervivientes de la batalla, así como de tareas de mantenimiento y reparación de los drones que trabajan para ellos. También vigilan los movimientos de los carroñeros, los alienígenas que quedaron en la superficie del planeta y que tratan de sabotear las operaciones. El equipo trabaja con precisión milimétrica, con el objetivo de finalizar su tarea y marcharse también de allí. Hasta que un día, cae del cielo una cápsula que contiene varios cuerpos en animación suspendida, entre ellos el de Julia (Olga Kurylenko), una misteriosa mujer que nunca antes habían visto… pero con la que Jack lleva soñando tiempo atrás.

Tom Cruise en su momento kit-kat.

Oblivion es una de esas propuestas –otra más- en la que nada de lo que te cuentan suena a nuevo, que desprende una constante sensación de déjà vu, que evocan a muchas, muchas historias del mismo subgénero –ponernos aquí a hablar de Mad Max (George Miller, 1979) o de Waterworld (Kevin Reynolds, 1995) sería volver a repetirnos- , que tiene personajes y situaciones que a este paso se van a convertir en clichés –estos carroñeros recuerdan a los moradores de las arenas de La Guerra de las Galaxias (George Lucas, 1977), la llegada a la nave nodriza parece sacada de Independence Day (Roland Emmerich, 1996) y ver a Cruise recopilando curiosos objetos del siglo XX es como ver a Wall·E (Andrew Stanton, 2008)… haciendo lo mismo-.

Pero a la vez tiene la virtud de enganchar al espectador gracias a los enigmas, misterios y giros de guion que, de manera efectiva, van salpicando la narración. Y cuando te quieres dar cuenta, se han pasado volando las dos horas de metraje, y sales con la sensación de que, sin ser un gran film, es tremendamente honesto, entretenido y nada pretencioso. Formaría una estimable doble sesión con la notable Moon (Duncan Jones, 2009).

Recomendado para aficionados a la ciencia-ficción metafísica.

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