De la ‘Fiesta del Cine’ a la (futura) ‘herencia recibida’

fiesta_del_cine_cartel2Durante estos días, no hemos dejado de ver imágenes de interminables colas frente a las taquillas y salas repletas hasta colgar en muchas ocasiones esos carteles de “aforo completo” que debían permanecer cogiendo polvo en algún cajón vista las paupérrimas cifras de recaudación de los últimos meses –por no decir incluso años- . La llamada ‘Fiesta del Cine’ que se ha vivido esta semana en miles de salas en nuestro país –alrededor de unas tres mil, incluidas las catorce de los Multicines Guadalajara– han sobrepasado con creces las perspectivas más optimistas de sus organizadores. Aún habrá que esperar varios días hasta que tengamos las cifras oficiales definitivas, pero ya sabemos que más un millón y medio de espectadores se beneficiaron de estos excepcionales precios superreducidos, previo registro gratuito en internet. Igualmente ilustrativos son los datos –como digo, aún provisionales- del pasado lunes, primer día de la promoción: casi trescientos cincuenta mil espectadores dejaron alrededor de un millón de euros de recaudación, lo que supone una cifra excepcional para un día laboral –tradicionalmente, en la franja de lunes a viernes, tan sólo el miércoles aguanta el tipo a duras penas por ser ‘día del espectador’- , un 550% por ciento más de lo recaudado el mismo día de la semana anterior, que apenas llegó a las cincuenta mil butacas, según un estudio de la empresa Rentrank Spain. Es el quinto año consecutivo que algunas –no todas- salas, productoras, distribuidoras y exhibidoras realizan esta campaña conjunta, y con diferencia la ‘Fiesta del Cine’ 2013 ha sido la de mayor éxito de todas. ¿Conclusiones?

Parece que la ecuación es simple: entradas más baratas = mayor número de localidades vendidas = mayor recaudación global. Pero no nos volvamos locos. Cierto es que el espectador de a pie razonará que, si se mantuviera esta tendencia, los resultados a largo plazo podrían ser beneficiosos para la exigua industria cinematográfica de nuestro país, ya que se recauda más y los precios son más acordes y atractivos dados los difíciles tiempos actuales. También echa por tierra esa cátedra asentada en algunos de los sectores más obtusos y cerriles que se limitan a echar la culpa de todos los males a la piratería y las descargas ilegales –que no digo yo que no hagan daño, y mucho, pero vengo sosteniendo desde hace tiempo la tesis de que este particular afecta en mayor medida a las producciones foráneas, principalmente americanas, que al producto nacional- , viendo que, ante un buen estímulo, la gente sigue deseando querer disfrutar de una película como Dios manda: en una sala cinematográfica. Y, desde luego, desmonta la abominable y absurda aseveración pronunciada, hace tan sólo unos días, por el Ministro de Economía, quien justificaba las paupérrimas cifras recaudadas por films españoles debida a la “baja calidad” (sic) de los mismos –posteriormente intentó recular, pero su evidente falsedad quedó una vez más en evidencia- : Las brujas de Zugarramurdi, de Álex de la Iglesia, y La gran familia española, de Daniel Sánchez Arévalo, han sido precisamente dos de los títulos que más se han beneficiado durante estas tres jornadas recibiendo la bendición y el beneplácito de quienes acudían a una sala dispuestos a ver buen cine, sin detenerse a mirar el pasaporte de la cinta.

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Interminables colas frente a las taquillas de los Multicines Guadalajara durantes los tres días de ‘Fiesta del Cine’ – Foto (C) http://www.culturaenguada.es

Pero como digo, hay otras consideraciones que debemos tener en cuenta antes de proclamar como ciencia exacta la propuesta formulada al comienzo del párrafo anterior. Por ejemplo, lo que podríamos llamar el ‘ahora o nunca’: si esta Fiesta del Cine ha funcionado así de bien ha sido, entre otras cosas, por su brevedad en el tiempo –sólo tres días de promoción- . ¿Si las entradas pasasen a costar 2,90 € forever and ever la gente seguiría acudiendo en masa siete días por semana, a tres-cuatro sesiones diarias? Cuando hubiese perdido su carácter de excepcionalidad, seguramente la asistencia se reduciría de manera considerable, quizá con la probable salvedad de algunos festivos y fines de semana. Tampoco podemos olvidar el ingente desembolso que para unos cines como los de Guadalajara, por poner un ejemplo cercano, les supone cada día de apertura, entre gastos corrientes y personal, habida cuenta de se quedan con tan sólo el 50% de cada ticket vendido. Y, siendo sinceros, una industria cultural como la cinematográfica, que debe consolidar no sólo la producción y distribución patria sino también la difusión de obras foráneas –con sus consiguientes cuotas de exhibición- , y con la considerable inversión que debe hacerse en personal cualificado y equipamiento técnico, no podría sustentarse a merced de una taquilla que puede oscilar de manera caprichosa, aun incluso con precios tan asequibles como los que el público ha podido disfrutar estos días.

Se ha demostrado, sin duda ninguna, que los españoles amamos el cine, como igualmente apreciamos y valoramos otras artes. Estamos hambrientos de esa cultura que algunos dirigentes políticos, cerriles y cortoplacistas, se empeñan en negarnos sistemáticamente en favor de un utópico e intangible sistema económico difícilmente comprensible que rescata bancos mientras desahucia familias o cierra teatros. Es imprescindible y vital para la supervivencia de nuestra cultura que las administraciones públicas se comprometan firmemente en apoyar y proteger no solo el cine, sino todas y cada una de las disciplinas artísticas y culturales, a base de ayudas, descuentos, incentivos… que pudieran permitir esos precios populares y competitivos, sin que supongan pérdidas ni para los creadores ni para las salas. Sería un primer paso importantísimo para empezar a cimentar una industria cinematográfica de verdad, potente, constante, respetable y respetada, y no lo que tenemos ahora: un cine español de gran calidad pero escaso en cantidad, que a duras penas se mantiene gracias a ocasionales y puntuales éxitos, caso de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), La gran aventura de Mortadelo y Filemón (Javier Fesser, 2003), las cuatro entregas del Torrente de Santiago Segura (1998, 2001, 2005, 2011) o, más cercanas en el tiempo, Lo imposible (J.A. Bayona, 2012) y Las aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012), por sólo citar algunos títulos del presente siglo.

Mientras nuestro Gobierno no sea capaz de apoyar, valorar y fomentar su propia identidad cultural, en cualquiera de sus expresiones –más bien al contrario, imponiendo sangrantes obstáculos como ese deplorable 21% de I.V.A.- , sobre todo cuando los ciudadanos hemos demostrado por enésima vez donde está nuestra escala de valores morales, sociales y económicas, estaremos condenados a confirmarnos como un descafeinado país de pandereta y chirigota, poblado de futuros ineptos porque en su día se les negó, por un puñado de euros, el acceso a la educación y a la cultura más elementales.

O cambiamos el rumbo drásticamente para salvar esta nave o nos costará años, décadas, salir de este atolladero. De esta futura herencia recibida con la que tendrán que cargar nuestros hijos.

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